miércoles, 17 de enero de 2007

¿Sueñan los robots con ovejas eléctricas?


Hölderlin decía que “Poéticamente habita el hombre la tierra”, y no lo decía sólo porque le sonara bien. Shakespeare, por su parte, mantenía que “estamos hechos de la misma materia de los sueños” y Nietzsche creía que “el arte vale más que la verdad”. Robert Mackee, escritor estadounidense y maestro de guionistas, asegura que “la verdad es la interpretación que hacemos de los hechos”. No muy lejos de esta apreciación está el sociólogo pragmatista William Thomas, quien mantiene, en el famoso teorema que lleva su apellido, que los humanos no reaccionamos ante la realidad de los hechos, sino ante la percepción que de esos hechos llegamos a tener, de tal forma que “si los individuos definen una situación como real, esa situación será real en sus consecuencias”. Richard Rorty también ha seguido este camino. En euskara, la lengua de los vascos, existe un viejo dicho que asegura que “izena duen guztia, omen da”, es decir, que todo lo que tiene nombre, existe. Jamás dejaré de sorprenderme por la enorme sabiduría que encierra esta frase.

Otros conocidos pensadores han sido más directos y claros en su planteamiento de la cuestión. Por ejemplo, Daniel Innerarity nos recuerda que la realidad se torna tan compleja que nos vemos obligados a interpretarla. Por su parte, Peter Sloterdijk, el controvertido filósofo alemán, mantiene que las primeras hordas de homo sapiens consiguieron sobrevivir sólo después de que se encerraran en sus “burbujas” mentales, burbujas que no eran otra cosa que interpretaciones coherentes sobre la realidad física que los rodeaba, que les servía como fundamento para establecer tanto objetivos directos como normas de comportamiento, como una explicación de su razón de ser como individuos y como horda, y que en definitiva encontraba su causa última en la consecución del gran objetivo de la supervivencia. En sintonía con este planteamiento, Cornelius Castoriadis asegura que en el origen de toda sociedad se encuentra un “imaginario radical” que consiste en un particular “universo de significaciones” a partir del cual se “construye” un “sentido de la realidad”. El constructivismo nos dice que el ser humano crea su propia realidad a partir de constructos compartidos socialmente. La postmodernidad a su vez da fe de la caída de los grandes metarrelatos que estaban en los cimientos de la civilización occidental, al igual que hizo Nietzsche en su tiempo: Dios ha muerto. Hoy sabemos que Nietzsche se equivocaba. Dios no ha muerto, porque las grandes preguntas siguen –y seguirán- sin respuesta, pero sí que ha sido desvelado y, por ello, hoy somos conscientes de la gran mentira que se encierra detrás de la religión, además de lo balsámico que para mucha gente resulta su existencia.

Todos ellos están hablando de lo mismo, aunque cada uno lo haya hecho a su manera, ya sea poéticamente, artística, filsófica o sociológicamente. El hecho es que plantean una forma de relación entre el ser humano como especie y la realidad que ofrece novedades notables con respecto a la que ha venido siendo la norma desde hace dos mil quinientos años, y en especial desde que el cristianismo se hizo cargo de la explicación de nuestra realidad.

Edward de Bono, por cierto de visita ayer mismo en Bilbao, gurú del pensamiento lateral y profesor en algunas de las más prestigiosas universidades estadounidenses y británicas, establece el origen de la forma de pensar prevalente en occidente en el momento en que Sócrates se hace famoso en Atenas con su método de acceso al conocimiento, luego seguido por Platón y Aristóteles, que se caracterizaba por establecer una concepción absoluta de la verdad. De Bono nos dice que en gran medida, este planteamiento socrático era una reacción a los planteamientos de los otros grandes triunfadores del momento en Atenas, los sofistas, y en especial de Protágoras.

Protágoras es quien acuñó la conocida máxima de que “el hombre es la medida de todas las cosas”. Aunque hoy nadie se lo reconozca, él fue el primer constructivista de la historia, y su aportación intelectual no es pequeña, aunque haya sido, junto con Parménides y Pitágoras, uno de los grandes perdedores de la historia del pensamiento, primero por obra y gracia de los platónicos y aristotélicos, que los veían como una especie de ponzoña moral para la sociedad, y luego, y especialmente, por la Iglesia Católica, por el mismo motivo. El caso es que todos ellos se tomaron muchas molestias para asegurarse de que la obra de estos pensadores se perdiera en la noche de los tiempos. Sin embargo, tendremos que recuperarlos, porque ellos nos van a explicar muchas cosas.

Protágoras también fue uno de los primeros agnósticos de la historia. Cuenta la leyenda que, requerido a manifestarse sobre la existencia de los dioses, se limitó a dejar constancia de su ignorancia al respecto, ya que sus limitaciones como ser humano le impedían constatar su existencia o inexistencia, y lo extremadamente corto de la vida humana le hacía imposible iniciar una adecuada investigación sobre la cuestión con visos de obtener una respuesta satisfactoria. Ni que decir tiene que esta respuesta no gustó nada a sus conciudadanos.

Los sofistas centraban toda forma de conocimiento en la percepción que cada individuo obtenía de la realidad. Según la versión que de su pensamiento nos ha llegado, para ellos la realidad sólo existía en la cabeza de cada uno de nosotros. No había realidad fuera de nuestra mente. La primera consecuencia obvia de este planteamiento era un subjetivismo radical que, al menos en teoría, hacía imposible cualquier tipo de acuerdo social y por tanto de forma alguna de gobierno ordenado. La segunda consecuencia, siempre según sus detractores, era un relativismo igualmente radical, que vaciaba de sentido toda proposición, fuera del tipo que fuese. No había ninguna verdad, toda vigencia ideológica era cuestión de persuasión. Los sofistas incluso alardeaban de poder defender, con igual clarividencia y convicción, una afirmación y la contraria. Todo era cuestión de jugar con las ideas y las palabras. Cuestión de persuasión. ¿Os recuerda algo?.

El caso es que, ante este panorama y como reacción, Sócrates propone un método de pensamiento que busca, precisamente, lo contrario de lo que traían los sofistas, a saber, orden en el caos, en palabras de De Bono. Y por ello formula su máxima de que ahí fuera hay una realidad y el ser humano, con su intelecto, está capacitado para conocerla. Es decir, contrariamente a lo propuesto por Protágoras y los suyos, Sócrates impone un concepto absoluto de verdad, que es necesario descubrir.

No es casualidad que Nietzsche condenara a Sócrates y ensalzara a los filósofos presocráticos, entre los cuales se encuentran, precisamente, Protágoras, Parménides y Pitágoras, entre otros que también perdieron la batalla de la historia, como Heráclito, Anaxágoras o Demócrito. Para Nietzsche, éstos proponían una concepción del mundo y del ser humano inmensamente ricas, basadas en la potencialidad y en la creatividad, mientras que la propuesta absolutista de Sócrates nos ha llevado a parcelar la realidad física en busca de respuestas imposibles, y a una guerra infinita por el trono de la Verdad.

Esta es la vieja disputa que ha devuelto a la actualidad el pensamiento postmoderno. La gran disputa de occidente. El Papa Ratzinger denuncia el relativismo y el laicismo europeos, al tiempo que los pensadores postmodernos certifican la moribundia de los metarrelatos tradicionales, denuncian la alianza implícita entre la religión, el reaccionarismo neocon y el neoliberalismo más radical para imponer su pensamiento único, su Verdad, y claman por la diversidad ideológica y el relativismo intelectual. La verdad absoluta una vez más en lucha contra la diversidad y la creatividad.

Sin embargo, hoy la pelea no está planteada exactamente como hace 2500 años. Hoy estamos en condiciones de plantear la pelea en términos mucho más elaborados y concretos. La cuestión está mucho más perfilada. La filosofía y la comunicación de masas, los fundamentalismos religiosos y el movimiento antiglobalización, los neocon y la alianza entre las grandes religiones monoteístas que propone Ratzinger; la propuesta de la diversidad frente la globalización uniformizadora; la CNN o Al Jazzira frente a internet y la Web 2.0; el viejo estado-nación frente a las nuevas formas de organización política. Todo está relacionado con la vieja disputa entre los métodos de pensamiento, entre Sócrates y Protágoras. En palabras de Edward de Bono, la disputa entre el pensamiento basado en lo que “es” y el basado en lo que “puede ser”.

Os propongo un diálogo en el que vayamos desentrañando esta relación y generando ideas para crear ese otro mundo posible.

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